UNA DERROTA VICTORIOSA EN LA HISTORIA

Reflexiones al conmemorarse los 205 años de la histórica batalla de Rancagua
Un inmenso mural sobre la histórica retirada de O´Higgins y sus fuerzas
 domina el ingreso al municipio de Rancagua
Estatua de O´Higgins a caballo domina
la plaza de armas de Rancagua.
En Rancagua se respira la historia en sus calles y se siente, como en ninguna ciudad de Chile, el espíritu y el legado de Bernardo O´Higgins, cuya imagen domina la Plaza de los Héroes, donde se hizo fuerte y encarnó el espíritu de la independencia frente a las fuerzas realistas enviadas desde Lima.
José Manso de Velasco,
conocido en el Perú como
el Virrey Conde de Superunda.
Su fundación española, el 5 de octubre de 1743, la hizo el gobernador de Chile y presidente de su real Audiencia, José Manso de Velasco, quien al año siguiente fue elevado a Virrey del Perú, donde se hizo célebre como el Conde Superunda por reconstruir Lima y Callao, destruídos por el terremoto y maremoto del 28 de octubre de 1746. Cien kilómetros al sur de Santiago, en Rancagua hoy reina la tranquilidad y se vive la chilenidad con tanta intensidad que es la ciudad sede del rodeo huaso, un típico deporte nacional donde se miden fuerzas los jinetes contra los vacunos.
EL DESASTRE

La iglesia de La Merced, que fue el centro de la resistencia
final y donde se organiza la retirada por la hoy calle Cueva.
Invitados por el alcalde de Rancagua, Eduardo Soto y el Instituto O´Higginiano que preside el general Antonio Yakcich, participamos de los actos conmemorativos por los 204 años de la Batalla de Rancagua, uno de los hitos en las guerras de la independencia en América del Sur.
Los actos se iniciaron el 1 de octubre, fecha en que hace 204 años se inició la lucha entre las fuerzas comandadas por el brigadier O’Higgins, quien se hizo fuerte en la Plaza de Armas de Rancagua, pero fue cercado por las fuerzas realistas, al mando del general español Mariano Osorio.
Enviado por el Virrey Abascal, Osorio llegó con una fuerza de choque de 570 soldados españoles del batallón Talavera, medio centenar de artilleros y dos regimientos peruanos, reforzados por tropas chilenas reclutadas en Chiloé y Valdivia en menos de un mes. Sumaban en total casi 5 mil hombres.
Durante 32 horas, los mil 800 soldados de O’Higgins resistieron el asedio por las cuatro calles que daban a la plaza. Los fusileros patriotas se parapetaron en los techos de las casas y los campanarios de la catedral, frenando los avances realistas.
Histórico campanario de La Merced, desde donde
O´Higgins dirigió a sus fuerzas y dominaba el escenario
de la batalla.
La emblemática torre de la iglesia de La Merced, reconstruida con todos los detalles de cómo era en esa época, se convirtió en el puesto de mando patriota. Allí se levantó una bandera negra, señal de que la lucha sería hasta la muerte.
Después de cinco asaltos masivos -rechazados a cañonazos, fusilería y en lucha cuerpo a cuerpo-, la tarde del 2 de octubre la batalla estaba perdida, pero O’Higgins despreció las intimaciones de Osorio y ordenó una famosa retirada, bajo su lema de “¡morir con honor o vivir con gloria!”.
Según los testimonios de la época, los patriotas iniciaron una estampida de al menos un centenar de mulas, que permitió abrirle el camino de la salvación a unos 500 patriotas que pasaron por encima de cadáveres y sufrieron el cañoneo realista.
Esta es una de las batallas más sangrientas de la independencia, pero no obstante la derrota, se debe precisar que en Rancagua se consolidó, a sangre y fuego, la férrea voluntad americana de alcanzar la emancipación, que se lograría en Chile en 1817 y en Perú entre 1821 y 1824. 

ESTANDARTES PERDIDOS
Réplicas de los cuatro estandartes de guerra de la ciudad,
que cayeron en poder de Osorio y que San Martín
recuperó al tomar Lima.
El alcalde Soto presidió la ceremonia en la plaza donde se yergue el monumento ecuestre de O´Higgins, en la que se presentaron réplicas de los cinco estandartes que el general Osorio capturó a los regimientos patriotas y los envió al Virrey Abascal como trofeos de guerra. Por pedido expreso de Osorio, estos estandartes fueron colocados ante el altar de la Virgen del Rosario, en la iglesia de Santo Domingo. Siete años después, el general José de San Martín los recuperó al ingresar a Lima, el 12 de julio de 1821, y los envió a O’Higgins, entonces director supremo de Chile.
En homenaje a la épica batalla de 1814, el director supremo mandó los estandartes recuperados a Rancagua, a la que ya le había dado el título de "muy leal y nacional" el 27 de mayo de 1818 y en su escudo estableció el lema: "Rancagua renace de sus cenizas porque su patriotismo la inmortalizó". 
Los estandartes originales, se perdieron en extrañas circunstancias, a pesar de su enorme valor histórico, pero desde hace unos años, gracias a las gestiones del Instituto O´Higginiano de Rancagua, se logró reconstruir los estandartes tal y como eran durante la memorable batalla.

Pasaje de Estado, donde se desarrollaron los combates más encarnizados entre los Talaveras
realistas y las fuerzas patriotas, atrincheradas


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